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01 mayo 2012

Con pan y con trabajo


Hace 15 años  o más me encontré con esta obra de Ernesto de la Cárcova en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos aires.

Me impresionó, y sigue haciéndolo cada vez que vuelvo a verla, el dramatismo concentrado en la tensión de la mano del hombre. 

Esa mano dice todo. La crisis económica de 1890 había frenado todo. El hombre mira hacia las fábricas desiertas y su mano izquierda destila la bronca, la impotencia.

Es inmenso el talento del autor en cuanto a la destreza técnica y la elección de la composición; la mano es el punto de entrada del ojo y a la vez de salida, no podemos dejar de mirarla.

Espero que absolutamente nadie tenga que pasar por lo que está pasando este personaje y sigamos festejando el día del trabajador con trabaj.


Sin pan y sin trabajo - Ernesto de la Cárcova (Óleo sobre tela. 1892/93) Argentina.

Y si están cerca del Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires, no duden en ir a verla en vivo; lo vale.

Dónde está la obra:


Ver mapa más grande





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04 enero 2012

Prosa en stand-by


Sé que te tengo abandonada. Últimamente, no lo puedo evitar.

Todo es culpa de Batman.

Pero pronto saldré de la Baticueva y te juro que retomaremos nuestras noches; te lo juro por ellos, que cayeron en Gótica.




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27 noviembre 2011

La costumbre de linkear los libros


Por la mañana leía Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

Nicholas Carr explicaba, citando algunos estudios cuya metodología no estaba del todo clara y sonaban realmente tontos, cómo el hipertexto ha modificado y afectado la manera en que obtenemos información. Las formas de lectura ya no son las mismas que hace décadas.

Y al anotar un concepto, una línea del pensamiento de Carr, me sobrevino la certeza de que esa anotación tenía un sentido hipertextual, probablemente destilado de mi experiencia como internauta.

Una muestra de la segunda hoja del índice paralelo.

Hace años que no sólo subrayo los libros (y eventualmente hago anotaciones al margen), sino que construyo una suerte de índice paralelo en sus primeras hojas. En muchas ocasiones, lo hago con textos teóricos o ensayos, con el objetivo de volver a ellos más tarde, en forma rápida. Sin embargo, también lo hago con la ficción.

Lo admito, me convertí en un hipertexteador motivado por optimizar mis búsquedas cuando regreso al libro, soy un lector productor, un lector hipertextual.

Al igual que sucede con los contenidos digitales, la lectura en papel también es una experiencia de interacción con la interfaz.


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02 mayo 2011

Tarde de Sábato

Este es el relato de la vez que merendé con Ernesto Sábato, la tarde en que lo conocí mucho antes del fin. 

Miré el papelito. Tenía anotado el nombre Gladys y un teléfono; no era la letra de mi amigo Nico, pero era él quien me lo estaba mostrando. Hay que llamar y decir que queremos ir a tomar el té, dijo, como si fuera una contraseña. Hoy, a casi siete años del día en que marqué ese número, aún me sigue resultando extraño que ir a merendar con Ernesto Sábato resultara tan sencillo.

Me atendió Gladys, aceptó nuestra auto-invitación y quedamos para el sábado siete de agosto, con dos condiciones: Ernesto no daría ninguna entrevista periodística y debíamos llevar algo para acompañar el té. Por supuesto, estuve de acuerdo. Sólo importaba conocer muy de cerca a la persona que había escrito El Túnel, mi primer contacto con su literatura. Dónde vivía, qué leía, seguía escribiendo o sólo pintaba, cómo era su biblioteca, qué consejos me daría, qué inspiraría. Tal vez, porque había leído Antes del fin hacía pocos años, lo imaginaba sumergido en una atmósfera sórdida, melancólica. Corté el teléfono y esperé a que llegasen las respuestas.

Fuimos cuatro. Nico con Maru, su novia de aquel momento, y yo con la mía, Natalia. Era un sábado frío y nublado, que se sintió en las veinte cuadras de caminata que separa Floresta de la estación de tren de Villa del Parque. Compramos una pastafrola y algunas masas secas en el camino. Subimos al tren y, minutos después, bajamos en la estación solitaria de Santos Lugares. Habíamos estudiado cómo llegar desde allí y en poco tiempo estábamos frente a las rejas de la entrada. Al final de un angosto camino de baldosas, que se abría entre la medianera y un descuidado jardín cerrado de árboles y plantas, se veía ennegrecida la casa.

No registré la distribución de los ambientes, pero tengo clara la imagen de los tres lugares en que estuvimos con él. Una suerte de pequeño comedor diario junto a su estudio y, más hacia el fondo, se anexaba una habitación en la que descansaban, tal vez, cientos de sus cuadros, apilados sobre las paredes. Era el atelier, su segunda pata creadora. En el centro, sobre una mesa baja, estaban las pequeñas láminas de madera repletas de trazos inconscientes; lo último que había pintado.

Nos acercamos. En el estudio había poca luz y ahí, sentado frente al escritorio en el que tantas veces lo han fotografiado, estaba él: tenía un pullover verde tan oscuro como el jardín, por el cuello y las muñecas, asomaba una camisa roja, también oscura. Saludó y piropeó a las damas. Cuando fue mi turno cometí un error que me valió un golpe en el pecho y una sonrisa. Sólo se besa a las chicas, gruñó.  Nos acomodamos en ronda y charlamos en la penumbra, preguntó de dónde veníamos, qué hacíamos, indagó un poco para conocernos. ¿Dónde estudiás? En la UBA, respondí. ¿UBA?, eso se come, bromeó. Poco a poco notamos que antes que Sábato había un anciano de noventa y tres años que —nos diría después Gladys— la compañía joven le hacía muy bien. Y no había mejor compañía que aquella que lo admiraba. Para nosotros, se trataba de un regalo inmenso.

Hace siete años, Ernesto Sábato me regaló este encuentro. 
Nos levantamos cuando Gladys anunció que estaba el té. Antes de atravesar la puerta, Sábato se detuvo frente al retrato antiguo de una mujer, colgado a la derecha del marco. Mi madre era albanesa, dijo elevando el tono. Durante la merienda Sábato habló poco y volvió a repetir el origen de su madre; entendí que detrás de aquella frase había un recuerdo profundo. En la mesa conocimos a Amalia, una muchacha poeta y periodista que jamás dejaba durar el silencio; tenía veinte y tantos. También estaba un joven artista plástico que se conectaba más con el Sábato que se expresaba con pinceles en lugar de tinta. Ernesto es el último de los surrealistas, aseguró con convicción. Al igual que su inspirador, él también hablaba poco, y aquella afirmación tan contundente en realidad la había dicho después del té, mientras estábamos en el atelier.

Alguien descubrió un ejemplar de La Resistencia traducido al francés. Sábato se entretuvo un rato intentando que Natalia pronuncie correctamente La Résistance. Me detuve a observar algunos de sus cuadros, la atmósfera sórdida y melancólica estaba reflejada allí. Él parecía disfrutar de la compañía, pero notamos cierto cansancio y decidimos preguntarle si prefería que nos fuéramos. Dijo que no. Entonces llegaron las fotos y las dedicaciones en los libros. Ahora miro el trazo largo y tembloroso de su letra: Para Emiliano; debajo, la inicial de su nombre, un punto, y el Sábato sintetizado de su firma. Ernesto, lo llamó Amalia. Él respondió alzando la vista. ¿Cómo es que decía Borges? El gesto y la voz de Sábato se transformaron durante segundos. Fue una buena imitación, reímos. Poco después, notamos otra vez el cansancio y preguntamos de nuevo sin correr la misma suerte: ¿Querés que nos vayamos? Sí, ya está bien.

Y salimos los seis. El joven artista plástico se colocó la capucha y se perdió entre las calles quietas y poco iluminadas de Santos Lugares. El resto esperamos el tren en la estación. Recuerdo mis manos en los bolsillos y la alegría ambigua de que no fue lo que hubiera imaginado, quedó mucho sin responder y la horrible certeza de que, naturalmente, los años lo carcomían. Pero conocerlo antes del fin fue una hermosa inspiración y una prueba de su generosidad. Ahora que ya no está, el relato de aquella tarde siento que la inmuniza del olvido y —como tal vez hubiera dicho él— escribirla es el único antídoto que tengo disponible, capaz de reconfortar.
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07 agosto 2010

Tradición de lunes: Musical Monday en Twitter

Cada lunes, la clásica consigna ¿Qué pasa? adquiere un sentido musical y se convierte en:


¿Qué música recomiendas?

Miles, probablemente millones de usuarios se suman al hastag #MusicalMonday y comparten sus gustos musicales.

A partir de los tweets del periodista Ariel Torres (@arieltorres) me sumé a una curaduría local del Musical Monday, que en dos ocasiones se propuso recopilar una lista en tiempo real de:
  • Discos básicos del jazz (#basicosdeljazz).
  • Discos básicos del blues (#basicosdelblues).

Fueron dos lunes en que, a medida que recordaba discos que me gustan, los recomendaba a la comunidad twittera.

Pero esta tradición de lunes se hubiera esfumado en el aire, de no ser por la intervención atinadísima de Sergio Sagristá.

Gracias a él podemos consultar la ola de discos recomendados en el blog Twitter Musical Monday. Y que ahora incluye un road map con las próximas consignas de los lunes.


Algo más (para tu discoteca):
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24 mayo 2010

Encuentro con Arlt, el squenun stencil

El feriado había sido decretado y nosotros caminábamos la mañana sintiéndonos unos completos squenuns.

Lo encontramos sobre Cabildo, antes de llegar a la esquina de Virrey Arredondo. Al igual que nosotros, venía deambulando. Nos detuvimos a chalar y Ella sacó la foto:




Dio la casualidad, Arlt, Ella y yo, nos habíamos propuesto pasar el día como squenuns. Que en palabras de Roberto, vendrían a ser:

En el puro idioma del Dante, cuando se dice "squena dritta" se expresa lo siguiente: Espalda derecha o recta, es decir, qué a la persona a quien se hace el homenaje de esta poética frase se le dice que tiene la espalda derecha; más ampliamente, que sus espaldas no están agobiadas por trabajo alguno sino que se mantienen tiesas debido a una laudable y persistente voluntad de no hacer nada; más sintéticamente, la expresión "squena dritta" se aplica a todos los individuos holgazanes, tranquilamente holgazanes.

Nosotros, es decir el pueblo, ha asimilado la clasificación, pero encontrándola excesivamente larga, la redujo a la clara, resonante y breve palabra de "squenun".


Mini autobombo como bonus track:

Pueden leer A los besos y patadas, una nota sobre los amores huracanados de Roberto Arlt publicada en el primer número de la revista Posta Data.
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12 mayo 2010

La Feria del Libro con las entrañas al aire

Y finalmente, luego de casi un mes, el monstruo descansó. Esa misma noche, sus entrañas comenzaron a vaciarse.

El lunes 10 de mayo terminó la 36ª Feria del Libro de Buenos Aires. Así lucía después de las 22, con las costillas al aire:


Fotos: Emiliano Cosenza.
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26 abril 2010

Declaración anti (red) social en la Feria del Libro


Sonreí apenas lo vi. Está a la entrada. Es un largo cartel a un lado del pasillo, detrás del bar de la Revista Ñ.

Una simpática forma que encontró la feria para estimular la lectura.

Apoyo la idea de dedicarle más tiempo a la lectura y menos a otras cosas. Pero no seamos tan apolípticos. Igualemos el Face con el Book, leamos y comentemos qué nos ha parecido.

Crear una inmensa red de lectura, sólo depende de nosotros.
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20 septiembre 2009

Débora Dixon cerró el Festival de Jazz del subte

Cantó temas conocidos como Hard Times de Ray Charles, el estándar All of me, Blue moon y Fly me to the moon. La acompañó el cuarteto Jazz 4, arrinconados en una esquina de la estación José Hernández de la línea D.

Me mantuvo en un balanceo hipnótico durante 40 minutos y logró que pusiera mi mejor cara de swing.

Gracias Débora por regalarnos una tarde de domingo con jazz
.

Perdón por la mala calidad de la foto. Mi celular no es bueno para estas cosas.

Algo más


  • Sitio oficial de Jazz 4.

  • Video: Débora Dixon y Gustavo Firmenich (director de Jazz 4) hacen All of me, en 2008. Si bien todas las interpretaciones no son iguales, se puede decir que así sonaron esta tarde.



¿Estuviste en José Hernández viste el concierto?, dejá un comentario y sumá tu punto de vista.
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08 agosto 2009

Hora de ser humano

Hace más de un año, escribí:

“Hay días en que uno se despierta y lo primero que hace es darle una buena patada a la pared.”

Esa oración era la primera línea del post Varias guerras en marcha, que reproducía un fragmento de una carta que Raymond Chandler le escribió a Edgar Carter, en 1950.

Aquella sensación de “yo contra este maldito mundo” que describía Chandler, era la misma que tenía cuando escribí el post. Fue una mágica coincidencia: leí esa carta mientras me sentía de la misma manera que Chandler se había sentido medio siglo atrás.

Anoche, sucedió lo mismo.

Pasadas las diez de la noche estaba en la cama. Cerca de las once me costaba sostener la vista sobre La dama en el lago (1943), la cuarta novela de Chandler, que tiene como protagonista al legendario personaje Philip Marlowe.

Marlowe y yo, en ese mismo momento, teníamos algo en común: estábamos agotados.

Sentado sobre un catre en una celda de Bay City, soportaba el dolor varios golpes recientes y relataba:

“Miré mi reloj: las nueve y cincuenta y cuatro. Hora de volver a casa, ponerse las zapatillas y jugar una partida de ajedrez. Hora de tomar una buena bebida helada y fumar una larga y tranquila pipa. Hora de sentarse con los pies arriba y no pensar en nada. De comenzar a bostezar sobre la revista. Hora de ser un ser humano, un hombre de su casa, alguien sin otra cosa que hacer que descansar y aspirar el aire fresco de la noche, juntando energía para la jornada del día siguiente.”

Mientras tanto, yo bostezaba sobre su relato y compartía su sensación. Giré y miré el reloj. Supe que era la hora de cerrar el libro y apagar la luz. Lo hice despacio y sonriendo. Era hora de volver a ser humano y tenía toda la noche para hacerlo.


Algo más

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09 mayo 2009

Post improvisado en honor a Ornette Coleman

El jueves 7 de mayo fui a ver el concierto que el padre del Free Jazz, Ornette Coleman, dio en el Gran Rex. En honor a él, este es un Free Post, escrito de un tirón, entre las seis y las siete de la tarde; sin demasiadas mediaciones, escribo sin pensar demasiado; ahora me vino la idea: no lo voy a corregir, termino y publico. Bueno, aunque sea un poquito sí, pero no lo habitual. A ver qué sale.

Lo vi dirigirse despacio al atril en el centro del escenario en medio de una ovación. Las primeras notas que se desprendieron de su saxofón me sorprendieron y me golpearon en el pecho. Fue como un potente riff a toda velocidad. ¿De dónde sale toda esa energía, toda esa gran cantidad de música?: de aquel cuerpo delgado de 79 años que hace 50 revolucionó el jazz.

Leo “La gramática del sonido”, nota de Diego Fischerman, publicada el sábado pasado en RADAR. Con muy buen tino, Fischerman cita una anécdota que cuenta el pianista Keith Jarret. Es un buen ejemplo de lo que me sucedió anteanoche cuando sonó el primer tema que Coleman tocó en nuestro país. Cuenta Jarret:

“Después de un pasaje especialmente free cuando tocábamos con el trío en Le
Camilion, adonde Miles había ido a escucharme, él me hizo un gesto para que me acercara a su mesa (creo recordar que nadie bebía nada) y me preguntó: ‘¿Cómo lo haces?’. ‘¿El qué?’, respondí. ‘Tocar a partir de la nada’, comentó. ‘No lo sé –le dije–. Lo hago. Ya está.’ Miles estaba anonadado ante aquella presunta facilidad mía para crear en tiempo real, sin un material previo”.


Mientras escribo, acabo de encontrar este video de Keith Jarret.

El resto de la noche en el Gran Rex fue similar, Coleman parecía tocar a partir de la nada; el saxo hablaba y el contrabajo, el bajo y la batería estaban ahí como fieles interlocutores. “Es un jazz medio loco… Free Jazz”, les dije al día siguiente a algunos compañeros de trabajo. A Ella le dije: “Hace el tipo de jazz que no te gusta”. Algún día me declararé amante oficial del hot jazz, o jazz tradicional; del bebop y amante touch and go del cool jazz. Pero mi declaración no sucederá ahora, primero deberán haber pasado unos años y varios discos más por mis orejas. Sí puedo declarar que el Free Jazz nunca estuvo dentro de mis amantes. Sin embargo no deja de sorprenderme. Durante un poco más de una hora, Coleman me atrapó con sus mixturas, con sus solos de violín y trompeta; con el contrabajo que espesaba el aire, la batería inquieta, repleta de matices, y el bajo que por momentos sonaba como una guitarra.

Fue un concierto exquisito y efímero. Los temas pasaron casi como en un disco, ordenadamente uno detrás del otro, sin ningún tipo de intervención. Ninguno de los que estábamos allí pudimos conocerle la voz; la imaginé finita e inquieta, como el sonido de su saxo. Pero lo que importa en Coleman no es el sonido de su voz, sino el de su música. En una entrevista con Fischerman, explica:

“La gramática del sonido, al contrario de la de las palabras, no diferencia unos pueblos de otros: los une.”


Restan cinco minutos para que se cumpla la hora, se acaba mi Free Post.

Todos los que estuvimos en el Gran Rex asistimos a un momento histórico, de esos que los libros de historia del jazz mencionarán bajo el subtítulo “Ornette Coleman en Argentina”. La visita de un “sobreviviente” (como dice Fischerman) de una época en que el jazz construía la historia de la música. ¿Qué carajo pasó en el universo para que en sólo tres años, entre 1959 y 1961, dos tipos iluminados revolucionaran el jazz para siempre? Hablo de Kind of Blue (1959) de Miles Davis y de Free Jazz (1961) de Ornette Coleman. Fueron años tocados por la varita mágica de algún dios jazzero. Alabado sea él.

Algo más

Video aficionado de uno de los temas del concierto en el Gran Rex:



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27 enero 2009

Un poco de El interior de Martín Caparrós

Fin de semana de paseo con ella, en un hotel de campo a tres kilómetros de San Antonio de Areco. Algo de pileta, sol, cotorrerío de gallos y pavos y las miradas sin gesto de las vacas. Fueron dos días y una noche en La posta de Vagues, un sitio en el que el tiempo es liviano como una camisa secándose al sol. Ella me regaló esos días y jamás voy a dejar de agradecer ese gesto de amor y esa excelente idea.

Además de campo, silencio y quietud, La posta de Vagues tiene una hermosa mesa de pool, juegos de mesa y una pequeña biblioteca que me acerqué a revisar, debo admitir, sin mucha esperanza; nadie deja libros buenos a merced de las manos rápidas de algunos pasajeros. Encontré novelas de títulos que no me decían nada y de autores que tampoco me decían nada. Uno o dos libros sobre autos, viejas enciclopedias repletas de fotografías, dos novelas de Agatha Cristhie y algunas novelas en inglés que descarté de inmediato. Entre todo eso, saltó a mis ojos un libro gordo, del que había oído hablar hacía un tiempo.

Leí: El interior de Martín Caparrós. Es un librote de seiscientas páginas y miles de kilómetros de crónicas de viaje por Argentina, que Planeta publicó en 2006. Incliné la cabeza hacia la izquierda y lo tomé prestado. Mi falta de esperanza frente a la biblioteca, se había convertido en cierta expectativa ante el libro de Caparrós. Pero cuando lo abrí, comenzó la decepción

Una mala edición: el libro tenía hojas en blanco que interrumpían la lectura. Entre la 36 y la 39 había dos hermosas hojas que hubieran atravesado sin dificultad el desafío de la blancura. A lo largo del libro esto se repetía.

Las páginas en blanco no me decepcionaron. El punto es que de Caparrós me esperaba otra cosa. Me esperaba crónicas más ágiles y mejor escritas. Me topé con varias palabras que faltaban (pasa en las mejores familias) y con una cadencia de cuaderno de apuntes que no está mal, pero que no la esperaba de él: las crónicas que leí no parecían tener estructura clara.

Más de una vez tuve la sensación de que el relato tuviera saltos, inconsistencias propias de los sueños: abría la puerta de mi dormitorio y de pronto estaba en un parque de diversiones. Las voces de los personajes no tenían límites claros, se mezclaban con la del narrador, que por momentos desaparecía.

No suelo hacer crítica, pero estoy decepcionado. Son seiscientas páginas que me suenan más a anecdotario que a crónica. El contenido es muy interesante y muchas veces es sorprendente y revelador de mundos tan cercanos y tan desconocidos. Pero le falta clima. Evidentemente, Caparrós prefirió no echarle mano a los recursos literarios. Qué pena, me hubiera gustado vivir un poco lo que él había vivido.
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29 diciembre 2008

Gudiño Kieffer en vidriera

De vacaciones en Las Grutas, Río Negro, vi por primera vez en mi vida un libro de Gudiño Kieffer en vidriera.

El libro: Los magos de oriente, hermoso ejemplar de literatura infantil (algún día voy a hablar de esta faceta de la obra del Gudi) editado por Emecé en 2001, un año antes de su muerte.

La librería: La cueva, un localcito de estanterías al cielo, metido dentro de un paseo de compras muy pintoresco en el centro de la ciudad.


Anécdota pequeña, pero extremadamente significante: ella me regaló Los magos de oriente a los dos meses de habernos conocido, para que lo sume a mi colección del Gudi. Ella es así, desde las primeras palabras que nos dijimos, no para de hacerme feliz.

Algo más:

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26 octubre 2008

Mariano Otero 'hace de goma' la música de Walter Malosetti

Sucedió en el Festival Internacional de Jazz de Buenos Aires, la noche del 17 de octubre de 2008.

La bandeja del primer piso del teatro IFT olía a viejo, quizás porque muy cerca la humedad destruía algunos rincones del techo. Las butacas tenían su tapizado original de fines de los setenta y al parquet no le hubiera venido mal una buena lustrada. Pero nada de eso era importante. En pocos minutos estaba por aparecer el noneto liderado por el contrabajista Mariano Otero, que prometía algunos “desarreglos” sobre la música de Walter Malosetti, una de las leyendas vivas del jazz argentino.

El teatro comenzó a llenarse. Además de la humedad, que al poco tiempo ya no se sentía, había en el aire una sensación de momento único: la música había sido encargada especialmente para el festival, y eso le daba un gustito a vértigo. ¿Le caerían bien a Walter las reversiones de sus temas? Como si se tratara de esos castings de talento que muestra la televisión los fines de semana, él estaba ahí en la primera fila para verlo y oírlo todo.

El primero en aparecer sobre el escenario fue el director artístico del festival, el pianista y compositor Adrián Iaes.

“Le encargamos a Otero que realice este homenaje —explicó—, porque nadie conoce como él la música de nuestro queridísimo Walter”.

Luego agregó que el concierto sería grabado con la intención de que más adelante se edite el material y pueda disfrutarlo mucha más gente.

“La idea es que el festival comience a dejar obra”, comentó Iaes.

Clifford, un tema de Walter bastante conocido, fue el primer desarreglo. Fue también el inicio del vaivén de cabezas, de los golpeteos rítmicos con el pie, de los ojos vidriosos, de los gestos de placer y las sonrisas petrificadas; de las ovaciones y chiflidos.
“Walter es un sol para todos”, dijo Otero antes de comenzar el segundo tema y agradeció la oportunidad de poder “hacer de goma” su música. Dejó muy claro que el agradecimiento iba para Adrián Iaes y no para el gobierno de la ciudad. “Después de esto me voy a tener que mudar a la provincia —bromeó—, me van a matar con el ABL”.

Luego se dirigió a Malosetti:

“¿Hasta acá vamos bien, Walter? ¿Te gusta?, sino lo vamos liquidando rápido, hacemos unos temitas más y listo…”

“¡Seguí tranquilo, pibe!” —gritó Walter.

Otero siempre sonríe, pero esta vez, en esa sonrisa no cabía otra cosa que amor e infinita admiración. No sólo estudió con Walter Malosetti, sino que también formó parte durante muchos años del trío que conformaban junto al reconocido baterista Pepi Taveira, uno de los integrantes del noneto.

Tras la aprobación del maestro, sonó el segundo tema: Ale Blues.
Disfrutálo ahora:



(Video exclusivo de Subí que te Leo)

Adiós Lalá cambió por completo el clima. Otero convirtió el tema en una balada de esas que podrían hipnotizar a un tigre muerto de hambre.

El siguiente fue Grama, del disco que lleva el mismo nombre. Minutos antes, Otero aseguró que no le daba culpa arruinarlo, porque lo habían tocado muchísimas veces. A la hora del quinto tema, le llegó el turno al maestro. Malosetti subió al escenario y agradeció la ovación.

“Que estos jóvenes toquen mi música me parece un sueño re loco” —dijo, después.

Se abrazó con Otero e hizo una reverencia para el resto de los músicos del noneto:

  • Juan Cruz de Urquiza (trompeta, fluegelhorn)
  • Juan Canosa (trombón)
  • Ramiro Flores (saxo alto y tenor)
  • Carlos Michelini (saxo alto y tenor)
  • Rodrigo Domínguez (saxo tenor)
  • Martín Pantyrer (saxo barítono)
  • Francisco Lovuolo (piano)
  • Pepi Taveira (batería)

“Lloré todo en la butaca y ahora no puedo largar ni una lagrima”, confesó antes de apoyar suavemente la guitarra sobre su falda. Esperó la señal de Otero y tocaron un tema que el contrabajista rebautizó Pappo `s Blues: “En la casa de Walter no vi ni un disco del Carpo, pero este tema fue hecho para él”, bromeó.

Malosetti, Otero y Taveira
(Foto: Emiliano Cosenza)

El Maestro fue el último tema. Otero lo había escrito hacía un tiempo para Malosetti, pero el guitarrista nunca quiso tocarlo porque le parecía difícil. Fue un buen cierre para una noche repleta de buenos “desarreglos” y emociones. Malosetti se abrazó con los músicos y, juntos, saludaron al público. A esa altura, nadie en el IFT estaba sentado, todos aplaudían de pie y Otero sonreía, alcanzaba a verse en su expresión la satisfacción de la misión cumplida.


Algo más

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01 octubre 2008

Alegría y desconsuelo: Liquidación de la librería El Aleph

Entró al bar y se sentó frente a mí.
-Tuve que comprarme un librito —dije en tono cómplice, mientras le señalaba la tapa de Viaje al fondo de una calle y otras páginas, de Enrique González Tuñón.
Ella sonrió y por toda respuesta me comentó que recién había visto que la librería El Aleph estaba liquidando por cierre.
-Sí, siempre dicen lo mismo. —dije—. Creo que están por cerrar desde hace dos años.
-No, no. Pero esta vez es cierto, hay carteles que dicen diez libros por diez pesos.
-¡Vamos ya! ¿Qué estamos esperando?
Ella hizo un gesto complaciente. Le dije:
-Primero tomemos algo.

La librería El Aleph es la competencia de El Banquete, en la que hace un tiempo encontré una perlita de Gudiño Kieffer. Ambas están sobre la avenida Cabildo, aunque en veredas opuestas, muy cerca del cruce con Aguilar. Si bien el Aleph llena sus vidrieras y la mayoría de sus estantes con novedades rimbombantes y ediciones baratas de clásicos, también tiene un espacio gobernado por una buena cantidad de libros usados. He encontrado buenas cosas, aunque sus precios no siempre fueron buenos y me he ido muchas veces sin nada.

Pero así como Borges tuvo que ir corriendo a ver el Aleph —“uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”— cuando Carlos Argentino Daneri le confesó por teléfono que lo había visto de chico en un ángulo del oscuro sótano de su casa, en mi caso tuve que ir a la librería a ver qué libros podía llevarme en una oportunidad única.

A pesar de que eran casi las nueve de la noche, encontramos a cinco o seis personas concentradas en revolver las mesas de diez por diez pesos y dos por veinte pesos, que estaban ahí nomás de la entrada. Echamos una rápida mirada y entendimos por qué se estaban prácticamente deshaciendo de esos libros. Un poco más al fondo y sobre las paredes laterales, estaban los del treinta por ciento de descuento.
-Acá algo vamos a encontrar —le dije, y nos pusimos a la caza.

Llegué a la caja y apoyé sobre el mostrador:

  • 5 libros de selección de grandes cuentistas de editorial Cántaro, que tienen un toque didáctico que no viene mal.

  • Una antología de cuentos policiales argentinos que realizó la editorial Estrada, en la que encontré algunos autores que no tenía.

  • Y “Jazz al sur”, la historia de la música negra en Argentina, del historiador y escritor Sergio Pujol.

El amigo librero le dio un sorbo apurado a la botella de Quilmes, la dejó en alguna parte fuera de mi vista y se acercó. Mientras registraba en su computadora lo que yo me estaba por llevar, le pregunté:
-¿Por qué se van?
Sin desviar los ojos del monitor, el amigo librero hizo un gesto como si estuviera en el peor momento de un caramelo con relleno ácido.
-Los malditos números —respondió e inmediatamente me dijo el monto total, con el descuento incluido.

Me fui con una sensación ambigua: contento por mi compra y triste por haber presenciado los últimos días de vida de una librería.
-Los malditos números —repetí, mientras esperaba que el semáforo me permitiera cruzar… ¡Siempre los mismos hijos de puta!
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09 agosto 2008

Gudiño Kieffer y la magia de la librería El Banquete

Generalmente entro a la librería “El Banquete” en busca de algo preciso, pero siempre salgo con dos o tres cosas que nunca tienen que ver con aquello que estaba buscando.

Hoy fue un días de esos. Llegué a El Banquete pasadas las ocho y entré con la sorpresa y la alegría de que aún no habían bajado la cortina. Es estratégico, para llegar al mostrador en el que se encuentra el amigo librero hay que hacerse paso entre dos exhibidores desbordantes de libros, y para ello no queda otra que pasar muy cerca de una de las cuatro paredes forradas también de libros. Es casi imposible no detenerse a mirar al menos uno. Como estrategia comercial da mucho resultado, al menos en mi caso.

Llegué al mostrador con un libro de relatos de William Irish en mi mano. Se lo mostré y dije que me lo llevaba. Mientras el amigo librero me daba una bolsa, recordé que había entrado al negocio buscando algo y le pregunté si tenía “Los culpables”, de Juan Villoro.
-¿El mexicano?
- Sí.
-No, nada che…

Aprobé con la cabeza. Luego alcé la vista y por sobre el hombro del librero amigo leí: “Gudiño Kieffer”, y debajo: “Azazel”. Inmediatamente supe que se trataba de la única obra de teatro que publicó Gudiño.
-El libro de Gudiño Kieffer de ahí –señalé-, ¿es una reedición?
El librero amigo volteó.
-Sí, creo que es del 2005… Viene con Cd.
Recibí el libro con la misma mano en la que, segundos antes, había sostenido el libro de Irish. Efectivamente, se trataba de “Azazel” en versión audioteatro.

Creo haber dicho en algún momento que desde hace unos cuantos años me volví coleccionista de todos los textos de Gudiño Kieffer. Y si bien la obra de teatro que tenía en mis manos ya la había conseguido hacía un tiempo, creí que no me iba a venir mal tener la representación en audioteatro; más sabiendo que Azazel nunca llegó a representarse sobre las tablas.

Pagué los dos libros, y en el camino de regreso a la puerta de calle, mi vista enfocó, otra vez: “Gudiño Kieffer”.
-No puede ser –murmuré, pero creo que nadie oyó.
Ahora era un libro de cuentos para niños editado en 1986, que reúne a varios autores, entre ellos, a Gudiño. Fui directo al índice, y de allí al principio del cuento. No había información sobre el libro donde lo habían sacado, y mi memoria tampoco registraba haberlo leído antes. Podría tratarse de un cuento exclusivo para ese libro; esa posibilidad le valía un pasaje a mi biblioteca.

El cuento se llama “Alguna vez”, y comienza así:

Los árboles mayores que se erguían casi hasta tocar el cielo con sus copas agudas, hablaban con el árbol más pequeño que crecía entre ellos.
-Alguna vez -decían-; alguna vez serás alto como nosotros y como nosotros podrás ver el lago allá abajo, engarzado como una joya verde o azul entre las montañas verdes o azules. Alguna vez, alguna vez…
El viento, cuando descendía hasta la altura del árbol pequeño, también hablaba con él.
-Vengo de todas partes y lo sé todo… Conozco los bosques, las montañas, los campos, las ciudades de los hombres… Alguna vez, cuando te eleves tanto como los otros árboles, te contaré cosas… Alguna vez, alguna vez…

Me fui de “El Banquete” sin encontrar la novela de Villoro, pero me fui conforme. Esa es la magia de esta librería, siempre algo interesante se encuentra, sólo hay que entrar y dejarse llevar.

Algo más

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30 julio 2008

Naomi Klein: “Necesitamos una nueva historia”


Leí en la revista Quid de junio (un generoso regalo de una excelente amiga), la siguiente declaración de Naomi Klein, autora del famoso “No logo” y de su último trabajo “La doctrina del shock”, que presentó en la última Feria del Libro que se hizo en Buenos Aires.

Revista Quid: ¿Qué heredamos del pasado para estar en este estado de cosas?

Naomi Klein: Siento que estamos en un bucle histórico en el que nos encontramos atrapados y no podemos salir. Pienso que uno de los problemas es que una y otra vez continuamos contándonos la misma historia. Básicamente esa historia dice que podemos generar caos en la Tierra y después escapar y crear otro caos en otro lugar. Es la misma historia del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Inundaciones, incendios, catástrofes y de alguna manera nos contamos que es un castigo de Dios, al mismo tiempo hay un grupo de elegidos que quieren volver a empezar en otro lado.

Más adelante, agrega:

Lo principal en esto es no querer vivir con las consecuencias de nuestras propias acciones y terminamos con las profecías autocumplidas, más catástrofes, más inundaciones, más desastres… así que necesitamos una nueva historia para salir de la historia vieja.

Las palabras de Naomi lograron que vuelva a mi mente aquel concepto de Lévi Strauss que aseguraba que las sociedades están basadas en mitos, que la cultura es un sistema simbólico (El antropólogo francés desarrolló muy bien este tema en su trabajo “Mito y significado”, y lo hizo mucho mejor de lo que yo puedo recordar y resumir ahora.)

Pero inmediatamente me pregunté: ¿cuántos relatos o cuántos mitos correrán debajo de nuestros pies?, ¿cuántas y cuáles son las historias que nos sostienen como cultura? Luego comencé a sospechar: ¿la literatura tendrá algo que ver en todo esto?

Eran muchas preguntas. Y todas ameritaban largas y frondosas respuestas. Si alguien tiene a mano un sociólogo o un antropólogo que pueda responderlas para todos los lectores de Subí que te Leo, lo invito a que escriba a subiqueteleo@gmail.com; yo me comprometo a publicar sus respuestas.

Mi visión es que la mayoría de los relatos de la humanidad, los que lograron imponerse en las culturas más hegemónicas, aún se encuentran en el tejido de nuestra cultura occidental, y la literatura no ha hecho otra cosa que refractarse en ellos, contando su propia historia.
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10 mayo 2008

Varias guerras en marcha

Hay días en que uno se despierta y lo primero que hace es darle una buena patada a la pared. Esa pared golpeada simboliza el mundo, porque si pudiera, también le daría una patada al mundo. Pero debería ser una patada voladora y uno no tiene las aptitudes físicas para eso.

En una situación parecida estaba Raymond Chandler un 15 de noviembre de 1950, cuando le escribió una carta a Edgar Carter, asistente de un productor de cine de Hollywood.

Tengo una guerra en marcha con la Warner. Tengo una guerra en marcha con el jardinero. Tengo una guerra en marcha con un hombre que vino a arreglar el tocadiscos y arruinó dos discos LP. Tengo varias guerras en marcha con gente de la televisión. A ver quién más… oh, no importa. Usted ya conoce a Chandler. Siempre peleando con algo.

Raymond Chandler (El simple arte de escribir. 2000)

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